Mamá de preadolescente

Lidiando con un preadolescente: Desánimo en el corazón de mamá

No me gusta sentirme desanimada. Pero hay días o semanas en que el estrés es más fuerte. Y no hablo del estrés del trabajo o los quehaceres. Hablo del estrés que produce en nosotras, el comportamiento de nuestros hijos. Esta etapa de la preadolescencia no está siendo sencilla en muchos aspectos, pero hay algo que me está afectando más que lo demás: sus impulsos.

Su impulso natural de ser quemasangre, por ejemplo. Lo entiendo hasta cierto punto, pero me estresa que no sepa cuándo parar. Tal vez sí lo sepa pero no puede controlarse -aún-. No lo sé. Le ponemos los límites, los entiende, pero a la hora de la hora, puede más su impulso. Y la que paga pato es su hermana, porque no cesa de molestarla y ella se altera y -con razón-, llora conmigo. Y eso me duele.

Ayer, después de un breve episodio en el auto llegando del colegio, él se bajó y ella se quedó conmigo mientras estacionaba, y se puso a gritar y llorar a voz en cuello: ¡Solo quiero que me trate bien! Mi corazón se estrujó tanto… la abracé, la besé, la comprendí (en serio la comprendí), le dije algunas cosas y contuve su dolor. Pero en mi corazón alcé una oración, con mi mayor anhelo, que él entienda todo lo que ganaría cambiando un poco su actitud hacia su hermana, esa actitud mayormente hostil (aquí un ejemplo).

Ganaríamos todos, en realidad, pero me importa que él entienda que ganaría una amistad incondicional y más. Sé que a medida que crezca y vaya madurando, lo va a entender. Pero saberlo no lo hace más fácil. Solo te muestra una luz al final del camino.

Ayer, un chispazo de luz iluminó un poco más nuestro camino. No puedo cantar victoria porque lo que está caracterizando esta etapa es la inestabilidad. Lo que parece un logro o un avance, al día siguiente se manifiesta en retroceso. Y así sucesivamente. Pero esos chispazos de luz, animan el corazón.

Después de un buen rato de molestar y molestar a su hermana -y reírse de sus gritos y reacciones-, se tuvo que rendir ante las consecuencias. Vino a mi cuarto a rogar y rogar porque -obviamente- no las quería. Mi oportunidad. Hablamos de sus impulsos, de por qué si sabía que tendría consecuencias, decidió continuar.

“Cuando quiero algo, no me importa nada más”

Para mí, este es un auto descubrimiento que logró poner en palabras. Para mí, este un hito. Que mi preadolescente reflexione y ponga en palabras un poco de sus impulsos, es un gran paso.

Conversamos un poco más sobre algunos episodios recientes directamente relacionados con ese descubrimiento y aceptó -otro gran logro- que debía dejar de insistir en que le levante el castigo, que esa es MI prerrogativa y persistir en ello lograría exactamente lo contrario.

Al rato, escuché los gritos de su hermana y mi ojo empezó a latir… otra vez. Pero no. Me equivoqué. Eran otros gritos. Ella entró corriendo a mi cuarto, exclamó un par de palabras, escondió algo y salió corriendo. Estaban jugando. Lloré. Respiré. Y lloré un poco más.

Después de unos 45 minutos, los dos vinieron pidiendo ver tele. Pero ella no había hecho sus tareas aún y tímidamente le dijo a su hermano: “¿tú me puedes ayudar?”. Mi corazón se aceleró esperando el rechazo. Pero no. Me equivoqué. Y me emocioné. No solo hicieron su tarea sino que él le enseñó a ella a restar con dos dígitos.

Ánimo y gratitud llenaron mi corazón. Dios escuchó mi oración. Y en la mañana, me mandó este hermoso mensaje que cada vez que lo veo, me hace llorar.

Ella lo había dejado en mi escritorio.

Un paso a la vez, un día a la vez, estoy aprendiendo. Las victorias de hoy no garantizan las de mañana. Y las derrotas de hoy tampoco implican una derrota mañana. La maternidad es un vaivén y la adolescencia es inestable. Debo persistir. Cada hijo es diferente y tiene sus propias necesidades.

Gracias a ustedes por estar aquí.
Andrea ♥

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