El matrimonio requiere trabajo

Trece años de matrimonio, para algunos puede sonar mucho y para otros, poco. Lo cierto es que llevo casi la mitad de mi vida junto a mi esposo, pues a estos 13 -que cumpliremos en agosto- debo sumarle los 5 años de enamorados que tuvimos. ¡18 años! #sacarémidnidelamor 🙂

El matrimonio no es fácil ya debes saber. Hay momentos lindos, feos y algunos muy difíciles. No hay fórmulas secretas salvo, creo yo, trabajo y esfuerzo. Sí, trabajar y cultivar el amor y todo lo que este implica.

Desde el tiempo juntos, la dinámica de pareja luego de los hijos y el manejo del dinero, hasta la manera de hablarse, de tratarse y de pelear. Entre muchas otras cosas.

Cuando uno se casa, trae a la relación toda su experiencia de vida hasta allí. Lo bueno, lo malo, lo feo, lo doloroso. Es como una “mochila” que llevas a cuestas, inevitablemente. Y si muchas de esas cosas tratábamos de mantenerlas “dentro de la mochila”, en la convivencia, tarde o temprano saldrán a relucir. Para bien o para mal.

Conocerás facetas de tu pareja y él o ella conocerá facetas tuyas que antes tal vez ni habían imaginado. ¿Qué hacer para que todas estas cosas no afecten para mal la relación?

Déjame decirte que no es nada fácil, pero tampoco es imposible. Se puede estar casado y ser muy feliz, inmensamente feliz. Entendiendo claro, que la felicidad es más profunda que la alegría; que los momentos malos son siempre una oportunidad para resolver. Eso creo sinceramente. Creo que todo lo que nos pasa es una oportunidad para algo. Y en el matrimonio, esas cosas te permiten resolver. Resolver aspectos de la dinámica de la relación de pareja, resolver la manera de disciplinar a los hijos o la manera como afrontan las peleas o desacuerdos, o cómo administran el dinero o cómo se comunican. Hay tantas cosas que trabajar en el matrimonio.

Y hay algo más. Algo en lo que a veces no queremos poner esfuerzo. En esa mochila que indefectiblemente traemos al matrimonio, hay heridas del pasado, traumas, marcas, cosas muy dolorosas que, queramos o no, afectan la relación. ¿No te ha pasado que te has encontrado a ti misma o a ti mismo reaccionando de tal o cual manera y te has preguntado por qué? ¿O has sido hiriente en tu forma de decirle las cosas a tu esposo o esposa? ¿O sientes que estás en competencia o que él o ella está en competencia contigo? Incluso a veces nos tratamos como enemigos, aún sabiendo que no lo somos.

Esas cosas pueden pasar inadvertidas -incluso para ti misma- hasta que algo las activa, cual olla a presión, y defogan por alguna parte. Con tu pareja e, incluso, con tus hijos. Entonces, si hubo algo que ameritaba una reacción, esa reacción se eleva a la N potencia y algo que debió resolverse más o menos rápido adquiere proporciones mayores.

Yo me he encontrado gritándole a mis hijos por algo y luego pensando en por qué les grité de esa manera si lo que hicieron fue algo menor. También he reaccionado mal cuando mi esposo me ha dicho alguna cosa que, en realidad, no era para tanto. Incluso él se ha enojado cuando le pedía que hiciera algunas cosas en la casa creyendo que lo que yo quería era que estemos “parches” en la cantidad de quehaceres que hacíamos cada uno.

Hubo una época en que me cuestionaba el futuro de nuestra relación, porque había demasiado estrés entre el manejo de nuestra economía (yo había dejado de trabajar después de que nació nuestra segunda hija y, obvio, vivir con un solo sueldo no es lo mismo), mis hormonas revueltas a causa del post parto y lactancia, él con prácticamente 3 trabajos y llevando la maestría. Todo al mismo tiempo.

Fue una etapa muy difícil, pero fue eso, una etapa. Entender que todos en la familia somos un equipo que vive diferentes etapas y cumplimos una función en cada una de ellas, nos ayudó sobremanera. Tu esposo y tú son un equipo. No es fácil entenderlo y más aún, vivir de esa manera. Ambos deben deponer el orgullo y egoísmo tan humanos, y a veces tan arraigado. Hay que aprender a pedir perdón, sabiendo que eso implica voluntad de hacer cambios. Hay que aprender a perdonar de corazón. Hay que ser flexibles, ponernos en el lugar del otro, tratar con respeto y amabilidad. E, insisto, trabajar en ese mundo interior que a veces le quiere pasar la factura al cónyuge.

El matrimonio requiere trabajo. Pero definitivamente vale ese trabajo. La conexión emocional, física, espiritual que empiezas a lograr es indescriptible y llena profundamente el corazón.

¿Qué opinas tú? ¿Crees que cada uno trae su “mochila” al matrimonio? ¿Crees que es necesario trabajar en el amor?

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