Crisis de preadolescencia: La edad del pavo y de las cavernas

No sé si pasa igual con las niñas, pero con los niños… de pronto, todo se les cae, todo se les rompe, con todo se tropiezan. Alguna vez escuché la expresión “está en la edad del pavo”, refiriéndose a la torpeza por la que pasan los chicos en la adolescencia.

Bueno, esa etapa ya llegó, un poco precoz e incipiente, pero llegó. Cero delicadeza, cero cuidado, rebeldía latente. Hace poco me pidió prestada la cámara de fotos, con recelo se la di indicándole que sea cuidadoso, que no se le vaya a caer, que le ponga la tapa cuando termine y la guarde antes de ponerse a hacer otra cosa.

De pronto escuché un golpe seco contra el suelo. Mis ojos se abrieron, kilométricos, y el humo me salía por las orejas. En lugar de guardarla cuando terminó, se echó en el sillón a ver tele con la cámara al costado y cuando se levantó a contestar el teléfono, PUM! Si, si, para qué se la presté. Es que estos niños pueden ser masters en manipulación emocional: “¿qué mami, acaso no confías en mi? Se me cayó de casualidad, no me di cuenta. Tampoco es que lo haya hecho a propósito. Las cosas no son más importantes que las personas.” PLOP. Me da ganas de darle un rotundo NO por respuesta cada vez que me pide algo. La próxima prometo que lo haré. Mejor no prometo nada.

Pero no solo es la edad del pavo. Mi niño bello ha retornado a la edad de las cavernas. Qué les pasa a estos chiquitos que no se quieren bañar. OH-MY-GOD (léase con pausas!). ¿Les quema? ¿Les arde? Mi no entender. Claro que recuerdo mis épocas cochinonas a los 10 u 11 años, pero ¿tanto? Meterlo a la ducha, algunos días puede ser una batalla campal. Literalmente. A veces pienso en dejarlo cochino hasta que se aburra, pero me desanimo porque de verdad dudo si se llegue a bañar algún día. No le importa oler mal ni tener carca ni que sus medias se queden pegadas al parqué, calientes y apestosas. “Qué importa”, suele ser su respuesta, “todo se soluciona con un poco de desodorante encima”. Asco.

Todos los modales inculcados desaparecieron del mapa. Comer con cubiertos, recoger su plato y llevarlo a la cocina, cortarse las uñas de los pies, limpiarse las orejas, poner su ropa sucia en el cesto -parece que debajo de la cama está mejor-, tender su cama. Podría vivir con la misma pijama todo el día, todos los días, sin cambiarse siquiera la ropa interior. Hasta las palabras mágicas han desaparecido de su vocabulario, a menos que quiera propina, permisos y cosas de su particular interés, ahí sí regresan en todo su esplendor y buen uso.

He llegado a la conclusión que el cromagnon siempre ha vivido en su interior y en esta época deambula por mi casa. ¡Auxilio!

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