Una mañana caótica de paternidad responsable

A veces simplemente no entiendo qué pasa. Se supone que mi hijo ya está más grande, que ya sabe claramente cuáles son sus responsabilidades y que hay ciertos comportamientos que ya están (o deberían estar) fuera del panorama. Se supone.

Hay días o momentos del día en que todo marcha aparentemente bien pero, con la volatilidad hormonal, pueden transformarse en algo terrible, o viceversa. Como ayer, que todo salió mal desde muy temprano en la mañana.

Empezamos el día con berrinches. Sí. Berrinches. A los 10 -casi 11- años. Berrinches. De ese niño que se cree grande pero no lo es. Berrinches. A las 6:30 de la mañana. Berrinches. En el tragaluz de mi edificio donde todo se escucha. Berrinches. Plural. Porque la de 6 tampoco quería levantarse para ir al colegio. Sí, comenzamos mal.

Normalmente, mi esposo y yo nos repartimos las labores a esa hora. Él despierta a los niños para que se cambien y luego se alista él. Yo me alisto, preparo las loncheras y arreo a los susodichos para que vengan a desayunar cambiados.

Lograr despertarlos no es tan fácil, es como una pequeña hazaña matutina. Algunas personas/niños tienen un buen despertar, otros no. Ania, por lo general, despierta bien, aunque veces tiene días difíciles. Joaquín nunca ha sido de buen despertar, a menos que se despierte por sí solo. Cuando eso pasa, su ánimo es mas o menos flat, no feliz, pero estable. Pero eso jamás ocurre de lunes a viernes en época escolar. Por eso, nuestra gran victoria en las mañanas es que se despierte de buen humor o, al menos, con uno aceptable.

Ayer empezamos el día con la derrota sobre nosotros. “Joaquín, levántate, ya es hora de alistarse para ir al colegio”, “no quiero ir al colegio, tengo sueño, no voy a ir”.

O-key. “Paciencia, ven a mí rai nau”, exclamamos mentalmente mi esposo y yo, al unísono. Ya sabíamos que no tendríamos una mañana ni medianamente apacible.

Él se encargó de lidiar con Ania y yo con Joaquín porque uno solo no iba a poder con los berrinches de los dos a la vez, no a esa hora y con la premura del tiempo.

A regañadientes, con llantos y demás, logramos el objetivo: que se cambien y vengan a desayunar. Ni qué decir del cambio de actitud. Ni por asomo.

Cuando parecía que íbamos a salir bien librados de este episodio y pasar la página en esta mañana caótica de paternidad responsable, pasó lo que tenía que pasar: altercado entre hermanos, provocado por el mayor. Una reclamaba y el otro… más que enojado. Todo, ante los ojos atentos de papá. La consecuencia no se hizo esperar: Joaquín fue castigado. Ánimos caldeados por todos lados en la casa.

No quiso despedirse de su papá antes de salir y mucho menos arreglar con él. Estaba totalmente cerrado, furioso y resentido. Consideraba el castigo injusto y no había forma de hacerle entender.

Así, nos fuimos al colegio.

Ahhhh… a veces esto de ser padres puede ser tan… frustrante. No entiendes qué pasó si todo andaba bien o por qué amanecieron de un humor de perros ese día o por qué un berrinche a estas alturas. Si, si, las hormonas preadolescentes…, quizás se pueda entender pero eso no hace más sencillo a la hora de lidiar con el asunto y definitivamente nos hace sentir muy mal.

Cuando observaba a mi hijo, con su mirada adusta, ceño fruncido, ojos vidriosos, me preguntaba ¿qué quiero de él? ¿qué quiero que aprenda? ¿cómo quiero que se relacione conmigo y su papá? ¿cómo quiere mi esposo relacionarse con él?

Y caigo en cuenta que, sí, todos tenemos nuestros defectos, padres e hijos. A veces tenemos malas actitudes, a veces decimos palabras hirientes, tenemos pésimas reacciones y enojos injustificados. Ambos, padres e hijos. Y cuando los hijos empiezan la etapa de la adolescencia, hay una cierta tendencia a alejarse emocionalmente de nosotros -por distintas razones-, sobre todo en los momentos de conflicto. Lo noté esa mañana con mi hijo preadolescente.

Se supone que en la adolescencia el niño empieza a independizarse de los padres, no económicamente obvio, pero sí en sus pensamientos, autonomía, forma de pensar, decisiones, emociones, etc. Es un proceso normal por el cual todos pasamos pero definitivamente implica un cambio para todos en la familia. Solo no quiero que ese proceso lo aleje de nosotros.

Por eso creo que es fundamental que actuemos con sabiduría, procurando mantener sus corazones cerca de los nuestros. Aún cuando ellos se hayan portado terriblemente mal y también cuando nosotros hayamos sido los “malos”. Creo que no es tan importante definir quién tuvo la razón o que reconozcan sus culpas, si no la relación que estamos construyendo con ellos. Porque, aceptémoslo, ya no es ni será la misma que teníamos antes.

Nunca pasemos por alto una pelea, un enojo, ni tuyo, ni de tu esposo, ni de tus hijos; para luego actuar como si nada hubiera pasado. Aunque sea una cosa “pequeña”, poco a poco se acumula con otras y minan la relación, sea con tus hijos o con tu cónyuge. Es fundamental hablar de las cosas, resolver, pedir perdón.

Es cierto que en medio de ese proceso de cambio ellos tienen que aprender a comportarse y nosotros debemos corregirlos y enseñarles, pero muchas veces, ese aprendizaje se construye a partir del vínculo afectivo que tienen con sus padres. Si les enseñamos teniendo como base una relación cercana de amor incondicional, ese aprendizaje será sólido y duradero.

Crédito foto 1: Danielle Guenther publicada por Disney Babble en https://www.disneybabble.com/la/especiales/asi-es-como-luce-el-caos-de-la-vida-familiar/
Crédito foto 2: https://psyciencia-psyciencia.netdna-ssl.com/wp-content/uploads/2014/06/autismo-berrinche.jpg

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