Crisis De Pubertad: Emociones Fuera De Control

Mi hijo mayor siempre tuvo dificultades para enfrentar los cambios. Aunque a veces los desee o los pida, cuando se trata de algo completamente nuevo para él, no los procesa fácilmente y, por lo general, esto se manifiesta en su comportamiento.

Este año lo hemos cambiado de colegio. A él y a su hermana. Él ingresó en Nursery y este año le tocaba 5to de primaria. Tenía amigos de muchos años, su mejor amigo -a quien conoce desde bebé- estaba en su mismo salón; yo soy ex alumna de ese colegio y muchos profesores todavía enseñan, por lo tanto, había un feeling especial con él; tenía reconocimiento por su habilidad musical y por las matemáticas; después de mucho esfuerzo y malos momentos con el fútbol, logró entrar a la selección de su grado y fue elegido como arquero oficial.

Entonces, ¿por qué lo cambiamos?

El gran problema, mis queridas mamis, era el terrible tráfico.

En las mañanas nos demorábamos aproximadamente 45 minutos para llegar (minutos más, minutos menos). Esto nos mantenía en un indeseable estrés mañanero constante. Si salíamos 5 minutos tarde significaba que llegaríamos 10 o 15 minutos después, no había Waze que nos salve de esa anotación.
En las tardes, mi hija que estaba en pre kínder, tenía que esperar 1 hora hasta que salga el mayor y si tenía taller, un par de horas más por lo menos. Mal almorzados y cansados, llegábamos a hacer… tareas.

Aguantamos varios años así porque al principio, el tráfico no era tan terrible y nos demorábamos media hora más o menos. Pero cada año se hacía peor, cada vez más temprano y más tarde. Hasta que, a mitad del año pasado, mi Joaqui me dejó este clamor: “mami, ya, cámbianos de colegio, ya me cansé del tráfico, estoy muy cansado”.

Aunque estábamos contentos con el colegio, el trajín nos estaba pasando factura, así que tomamos la decisión que ya estábamos barajando desde hacía un tiempo. Ni corta ni perezosa, llamé al colegio al que ya le había puesto el ojo, encontré vacante y en un dos por tres hice todos los trámites, papeleos, exámenes, etc.

Los amigos de Joaquín le hicieron una despedida en el salón, le dedicaron palabras bonitas a tal punto que le arrancaron unas lagrimitas, cuando uno de sus compañeros lo notó, él respondió con su característico sentido del humor: “no es una lágrima, solo estoy sudando por los ojos”. Fue muy especial y significativo que escuchara que sus amigos lo querían, que lo iban a extrañar, que lo admiraban y apreciaban.

Cuando empezó este año en el nuevo colegio, todo estaba mal, todo era feo, todo era aburrido. De pronto, todo lo que decía o hacía su hermanita, era motivo de desprecio, crítica y miradas feas. Siempre estaba peleando con ella y molestándola. Todo cuanto hacíamos o decíamos su papá o yo era motivo de rebeldía. Siempre estaba irritable y de mal humor, con una mirada adusta, la desobediencia era constante, nada lo complacía y casi no sonreía.

Su papá y yo estábamos muy preocupados. No lo relacionábamos con el cambio de colegio porque veníamos hablando de esto desde el año pasado, y creímos que eso menguaría el impacto.
Hasta que lo invitaron al cumpleaños de un compañero de su colegio anterior. Ni corta ni perezosa acepté, pensando que le haría bien ver a sus amigos. No me equivoqué. Cuando llegó, sus amigos corrieron hacia él gritando su nombre, sonriendo, felices. Él, abrumado de emoción, sonreía no más. Le reclamaron por su cambio, le mandaron un par de puñetes cariñosos, lo abrazaron y durante la fiesta, me rogaron varias veces que el próximo año lo haga volver, que lo extrañaban mucho.

Al día siguiente del cumpleaños, nos fuimos de viaje unos días.

Cuando regresamos, las emociones de Joaquín estaban a flor de piel. En esa semana, logró poner en palabras y entre lágrimas y reclamos, cuánto extrañaba su colegio y a sus amigos, y que quería regresar.

Quedó muy sensible después de esa conversación.

Luego de unos días explotó. Lo castigué por un mal comportamiento y tenía que quedarse en su cuarto. No quería. Me dijo cosas feas, en realidad, lo obligué a decirlas porque me daba cuenta que las estaba sintiendo. Quería que las diga para que salieran de su interior, guardarlas solo lo dañaban más y no le permitían tomar perspectiva.
Trató de salir varias veces y me enfrentó en la puerta de su cuarto. Quería salir y yo le decía que tenía que obedecer sino las consecuencias serían mayores. Me puse muy firme y acató el castigo. Ya en su cuarto, a puerta cerrada, empezó a renegar, solo, sin palabras, con sonidos. Agarró su almohada y la tiró contra la pared. Arrancó unas figuritas que tenía pegadas y tiró su ropa y un mueble de plástico al piso. Finalmente, se tiró a llorar a su cama.
Mi corazón se arrugó. No entendía completamente lo que le estaba ocurriendo y no sabía hasta qué punto yo había actuado bien o mal, pero me daba cuenta que sus emociones estaban fuera de control por alguna razón (aún no lograba conectar el asunto).
Quise abrazarlo y consolarlo, pero no me dejó. Salí y le pedí a Dios que me ayudara a comprender qué le ocurría y cómo podía ayudarlo.
Cuando llegó su papá, se acercó a él y lo encontró llorando. Estaba profundamente arrepentido por haber tirado sus cosas y explotado como lo hizo, pero no tenía fuerzas para decírmelo a mí.
Después de que mi esposo habló con él, me dijo que me acerque, que en este momento solo necesitaba que lo ame. Hace rato que quería hacerlo, pero él no me lo permitía. Así que entré a su cuarto y le pregunté si podía abrazarlo. Me dijo que sí y se puso a llorar sentidamente. Solo le dije que no importaba qué pasara o qué hiciera, siempre lo iba a amar y perdonar. Lo abracé y en mi mente, oré por él, pidiéndole a Dios que pusiera paz en su corazoncito y que le ayudara a lidiar con sus propias emociones.
A los días, leí unas fichas del colegio donde les explicaban sobre los cambios de la pubertad (que coincidía perfectamente, dicho sea de paso) y mi cabeza por fin hizo clic. Colegio nuevo, extrañar a sus amigos, dificultad para procesar asertivamente los cambios, cambios hormonales intensos…
Ese episodio fue para él como el escape a toda esta vorágine interna que no lograba comprender ni expresar ni calmar. “Vomitarlo” todo y encontrar contención, le ayudó. Ahora, mi pequeño, volvió a ser él mismo, alegre, juguetón, bromista, conversador y espontáneo.
Ya no hay marcha atrás. La pubertad llegó y solo nos queda contenerlo, acompañarlo en el proceso, amarlo, orar por él, ser pacientes, conversar mucho y aprender juntos.
Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *