Peleas entre hermanos ¿una oportunidad?

“Hermanos que no pelean, no son hermanos”, dice un dicho por ahí. Si, lo sé, es inevitable, pero también es inevitable el estrés que eso produce en los padres. En setiembre del año pasado escribí un post acerca de las peleas constantes entre mis hijos (puedes leerlo aquí) y en estos 10 meses he pataleado, renegado, probado y cambiado de estrategias N veces, pero también he aprendido mucho y descubierto varias cosas que quiero compartir con ustedes.

LO QUE DESCUBRÍ

1. Las peleas entre los hijos pueden producir sentimientos de culpa y frustración. Descubrí que tenía un falso ideal de cómo debía ser la relación entre ellos. Era, en realidad, un anhelo mío que al no corresponder con la realidad, me hacía sentir frustrada. La frustración traía de la mano a su prima Culpa con esos pensamientos en pretérito pluscuamperfecto del subjuntivo… del verbo to be, jaja… Detesto esas oraciones con hubiera. Si hubiera hecho así o si no hubiera hecho asá se llevarían bien o no pelearían tanto. El hubiera es irremediable. Solo acepto esos pensamientos como una determinación a hacer las cosas de otra manera la próxima vez.

 

2. Los hermanos pelean, punto. No descubrí la pólvora con esto, pero lo cierto es que cuando asimilé que las peleas entre hermanos son normales y dejé de hacerme un mundo por eso, pude lidiar con ellos con una vista más panorámica.

3. Hay hermanos que pelean más y otros menos. Mucho depende del carácter, personalidad, contexto y decenas de variables más. Aceptémoslo, hay hermanos que pelean más y otros menos.

4. El trabajo de los padres NO es que los hermanos se lleven bien. Para mí, esta sí fue la pólvora y podría decir que hasta la luz. El trabajo de los padres es formar a cada hijo: carácter, personalidad, valores, principios, hábitos, etc. Darme cuenta de esto hizo que cambiara mi foco de atención. ¿Quiero que se lleven bien? Por supuesto que desde luego que sí, pero eso ya no es lo más importante.

LO QUE APRENDÍ

1. Las peleas pueden ser una oportunidad. Qué? Juat? Aló? Suena loco y aunque nada les quita lo estresante, si enfocamos nuestra atención en lo principal: formar a cada hijo, las peleas entre ellos permitirán que aspectos del carácter de cada uno salgan a relucir, cosas que tal vez en circunstancias normales ni notaríamos. Podemos conocerlos y entenderlos más, qué cosas les afectan, qué les hace renegar, cómo reaccionan ante determinadas circunstancias, cómo ven el mundo, interpretar sus emociones, reacciones, pensamientos, motivaciones, etc. Entonces, ya no solo les llamamos la atención o castigamos por la pelea, si no que podemos trabajar “en frío”, es decir, cuando los ánimos estén tranquilos. Podemos ir a la raíz de las cosas. Ahí está el trabajo duro…

 

2. Cada hijo es un mundo. Jeje… sí, creo que la mayoría de nosotros ya lo sabe, pero a veces nos falta llevarlo a la práctica, sobre todo en la manera como nos conectamos con ellos. Con algunos, una conversación será suficiente, con otros necesitarás muchas conversaciones, otros necesitan equivocarse y experimentar las consecuencias, otros son más sensibles y necesitan que te conectes a un nivel más emocional, otros requieren de un panorama claro y específico, y otros una mezcla de todo. Cada niño es un mundo, pero es tu niño así que es tu mundo también.

3. Todos nos equivocamos. Los papis también. A veces somos injustos o exagerados o demasiado enérgicos, a veces hemos tenido un mal día y estamos irascibles, a veces no tenemos ganas de nada y somos demasiado permisivos. A veces repetimos los comportamientos que tanto nos molestaban de nuestros propios padres. A veces estamos con la ruler.

Pedir perdón es la clave. El perdón restaura, enseña, libera. 

4. Escoge tus peleas. Cuando los hermanos pelean también aprenden. Aprenden a lidiar con el otro, a ser tolerantes, a conocer sus propias reacciones y emociones, lo que les molesta, a resolver aquello que les molesta. Y deben aprenderlo por sí mismos, hasta cierto punto. Hay peleas que no valen la pena.


5. Los resultados se verán a mediano y largo plazo. A veces quisiéramos corregir hoy y mañana ver a nuestro pequeño travieso aplicando lo supuestamente aprendido. Qué fácil sería. Formar el carácter requiere de paciencia, compromiso y perseverancia. A veces eso desanima, agota y nos lleva a cuestionar si lo estamos haciendo bien, pero lo cierto es que los resultados se verán en el tiempo.

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