¿Cómo reciben la corrección nuestros hijos?

¿Cómo reciben la corrección nuestros hijos?

Mucho depende de la personalidad, edad, motivo, circunstancia, formas, temperamento y características particulares. Mi hija menor, a veces la recibe bien y a veces mal. Mi hijo mayor, casi siempre mal, algunas veces muy mal.

Debo decir que eso agota, mental y emocionalmente.

Más aún en esos días en que se empeña en hacer exactamente lo contrario, o no le da la gana de obedecer, o se ríe en tu cara pelada porque encuentra tu seriedad y firmeza particularmente graciosa. Son cosas que a veces me cuesta entender. Mientras más paciencia se le muestra, más te desafía y trata de llevarte al límite, como si esa fuera su misión estratégica del día.

Ayer fue un día de esos.

Mi Joaqui tenía tareas del cole y una flojera kilométrica. Cuando se dio cuenta de que una de esas tareas era un poquito tediosa según su criterio -leer un texto de dos páginas y responder unas preguntas-, se cerró en que no la haría.

Simplemente, no la haría.

¿Juat? ¿aló? ¿alguien que me explique? Ayayayyyy…

Pelos de punta, ceño fruncido, labios apretados, mirada de tiburón. Así me sentía. Enojada, furiosa desde lo profundo de mi hígado.

En ese momento, recordé un fragmento de un libro que leí hace tiempo sobre los niños de voluntad firme, de cómo constantemente desafían la autoridad de sus padres y se ponen en “pie de lucha”, a ver quién gana.

¿Y quién iba a ganar?

Podía evitar el conflicto y dejar que la posterior mala nota sea la consecuencia. Pero no, desde hace tiempo estoy tratando de formar el esfuerzo como un valor para mis hijos, que entiendan que para lograr las cosas uno debe esforzarse y que, en sí mismo, el esfuerzo ya es una ganancia. La consecuencia no puede ser la mala nota, porque después con una A o AD en el examen (como suele ocurrir), chau aprendizaje.

¿Entonces?

Para esto, mi esposo había logrado identificar que a mi hijo, a mi querido hijo, le causa un extraño placer hacerme renegar. Y debo reconocer que muchas veces, por muchos años lo he complacido, porque sí pues, soy renegona.

Ya desde hace un tiempo que estoy cambiando la estrategia. Ayer, gracias a Dios, persistí en ese cambio.

Me mantuve firme, seria, sin alzar la voz, sin renegar. Él, gritó, renegó, berrincheó, lagrimeó e intentó todo lo que pudo para salirse con la suya y, de paso, llevarme al límite.

Habré batallado, sin exagerar unos 30 a 45 minutos. Sí! Para volverse loca de la impaciencia. Pero tenía algo claro en mi mente, él tenía que rendirse de voluntad propia, tenía que sentarse a hacer esa tarea que no quería hacer. No se trataba de someterlo, tiene 9 años, eso no nos iba a traer ningún beneficio posterior. Se trataba de que él, voluntariamente, se someta a mi autoridad. Sí, preparando el terreno para la adolescencia -ojalá-.

Es A-GO-TA-DOR! Terminas exhausta, casi casi exprimida. Mi propio temperamento quiso explotar más de una vez, como me ha pasado en otras ocasiones. Pero no. Si lo dejaba, perdía yo y, finalmente, perdía él.

Al final, se rindió. A regañadientes se sentó e hizo su tarea, en un 2 x 3 y con prolijidad. Luego, pasó al siguiente cuaderno. Él se rindió y yo quedé sin ánimos de nada.

Hoy en la mañana, leí esto en la Biblia:

“Ninguna corrección resulta placentera cuando se recibe, al contrario, es desagradable.
Mas a la postre, a quienes se sirven de ella para ejercitarse,
les reporta frutos de paz y rectitud.” Hebreos 12:11

La verdad es que me animó mucho. Porque nuestra tarea como padres no necesariamente rinde fruto inmediatamente y las partes quizás impopulares pero necesarias no suelen ser bien recibidas.

Pero no significa que por ello debamos rehuir la confrontación que a veces acarrea. Es necesario corregir, enseñar, formar a nuestros hijos. Por el bien de ellos. Con fe y esperanza, sabiendo que los resultados los veremos más adelante.

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