Esa mala costumbre de echarle la culpa a los demás

La verdad es que los seres humanos tenemos esa muy mala costumbre de echarle la culpa a los demás, de trasladar nuestra responsabilidad a los otros, de negar o minimizar nuestra participación en algún hecho.

“…yo no fui, fue teté, pégale, pégale, que ella fue…” dice la última frase de este popular juego para elegir quién la lleva. Al menos para eso lo usábamos en mi infancia.

“No mamá, yo no le hice nada”, “Fue culpa de mi hermana”, “Papá, tú no me dijiste que lo hiciera”, “No sabía, por eso no lo hice”, entre muchas otras excusas y argumentos, se vuelven típicos a medida que los chicos van creciendo.

Hoy en la mañana, al firmar las agendas antes de salir para el colegio, descubrimos que Joaquín tenía una anotación, una más, acerca de lo mismo. Que si está distraído en clase, que si conversa, que si juega, que si….

Desde hace un par de semanas, con más frecuencia de lo normal, le han estado llamando la atención, esta vez, porque él y otro compañero se distraen en la clase para fastidiarse mutuamente. Ya le había pasado con otros niños en distintas oportunidades. Y es que es difícil cuando tu hijo es de los que entran a la chacota. A él le encanta vacilarse, hacer bromas, chistes, trabalenguas. Hace un par de meses, le regalé un librito de “los colmos”, no saben lo feliz que se puso. Dos semanas después, se sabía de memoria casi todo el libro. Y si encuentra collera en alguien, agárrense todos. Le gusta hacer reír a las personas con sus ocurrencias.

Pero tiene que aprender que hay tiempo y lugar para todo, y que debe respetar la hora de clase.

Por eso, cuando las anotaciones (en azul, énfasis de él) se pusieron más seguidas, le llamamos la atención y le advertimos que tendría consecuencias. Cada anotación tenía su excusa y argumento de por qué no fue su culpa.

Así que, el jueves pasado (que había traído otra anotación relacionada a lo mismo) su papá le recalcó una advertencia previa: “Una anotación más, y no vas a ir al taller de violín”.

Hoy en la mañana, Percy vio la anotación y le dijo: “Lo siento Joaquín, te advertí, hoy no te quedas al taller de violín”.

La reacción, obviamente, no fue para nada feliz ni agradable.

Primero, gimoteó renegando: “Sí voy a ir al taller”. Se metió a su cuarto, sacó su violín y se fue a sentar a la sala. Su papá salió del cuarto y le dijo: “Ya hablé, Joaquín”. Yo me metí al cuarto para traer a Ania pues ya estábamos con la hora y, en eso, lo veo a Percy en la baranda de la escalera diciéndole a Joaquín que suba a dejar el violín.

¡¡El enano había bajado con el violín decidido a ir al taller!! ¡¡En la cara pelada de su papá!! Ayayay…

Qué lindo y sencillo sería que los hijos simplemente hagan caso a lo que les decimos y reciban el castigo con una actitud un poco más… asertiva, reconociendo que es la consecuencia de sus actos. Pero no. Son niños y, por lo tanto, inmaduros (y en algunas personas, esto perdura hasta la adultez).

Comportamientos como estos, son los que se tienen que cortar de raíz, a penas aparecen, porque si perduran hasta la adolescencia, la cosa se complicará. Si no logramos su obediencia, sujeción y respeto ahora, lo que nos espera en unos años, será realmente tormentoso.

En mi corazón, yo sabía que Joaquín era consciente que estaba haciendo mal y que su temperamento le estaba dominando. Pues sí, él es de temperamento firme. Él sabe obedecer, sabe que debe obedecer, pero a veces su ego se impone, su orgullo le gana, y él mismo lo ha reconocido en otras oportunidades: “Mamá, es difícil obedecer. Sé que debo, pero no puedo!”. Naturaleza humana, le llaman.

Su papá lo volvió a llamar y, esta vez, subió inmediatamente golpeando con sus pies cada escalón, resoplando como toro, frunciendo el ceño como puñete. Yo bajé con Ania y, de lejos, escuché: “Te dije que no ibas a ir al taller y bajaste con el violín, ahora también estarás castigado sin…” y ya no escuché más, solo los llantos y gritos del enano.

¿Por qué los niños gritan de esa manera? Los vecinos nos odiarán porque, les aseguro, que todo el edificio se entera de sus berrinches…jajajaa.

Cuando bajó, furioso, empecé con la parte reflexiva (trabajando en equipo):

– Por qué estás tan molesto

– Papá me castigó sin mi taller (llanto)

– Y por qué te castigó

– Porque traje anotación. Pero no es justo, estoy muy muy enojado con papá. Él no quiso escuchar que no fue mi culpa, el otro niño me estaba distrayendo y yo me reí y me caí.

– Joaquín, esta es tu consecuencia y debes asumirla hijo. Cuál es tu responsabilidad en clase? Prestar atención y obedecer a la miss. Te enojas con tu papá pero hace cuánto te advirtió, más de 1 mes. Y ya has traído otras anotaciones y él te ha dado varias oportunidades. Ya se acabó. Ahora tienes que asumir las consecuencias.

– No me importa el taller..

– No te importa el taller? Entonces por qué lloras y estás tan enojado…

– …porque quiero tocar el solo, nada más

– Entonces sí te importa.

– … (silencio).

Pasaron unos 20 minutos y se tranquilizó, me empezó a conversar, a sonreír y a bromear. Asimiló su castigo y se resignó. Como le decíamos cuando era más pequeño, la obediencia tiene premio y la desobediencia, consecuencias. Nuestra parte es ser firmes con las consecuencias.

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