Siete cosas sobre la obediencia de nuestros hijos

Los padres, por lo general, esperamos la obediencia inmediata y a la primera, no? A mí me pasa. Si le digo a mi hijo que estamos apurados que se cambie para salir, lo que espero es que deje de jugar o ver tele, y se vaya a cambiar. Si mi hija está almorzando y le digo, come sentada o abre la boca, lo que espero es… eso precisamente.

Eso es lo que espero pero no es lo que suele suceder. Lo que sí ocurre, es que mi hijo esté jugueteando un rato más, inventando excusas con tal de no hacer lo que se le pide y, mas bien, hacer lo que él quiere. O que la pequeña decida que es hora de ir a traer un juguete para entretenerse mientras come o de conversar cuando debe masticar.

A veces esto nos resulta enervante, irritante, frustrante y todos los “…ante” posibles. A veces, nos gana la impaciencia y la situación se llena de gritos, exigencias, amenazas, jalones y llantos.

Hay momentos en que reaccionamos mas o menos bien, y hay otros en que nos gana el temperamento. Peor si estamos en los días R, porque las hormonas están revueltas y si hemos tenido alguna bronca con el esposo o mucho estrés, nuestra actitud se vuelve “escúchame y obedece inmediatamente porque si no…”.

Cuando son bebés, solemos tener más paciencia. Pero cuando ya pasan los 3 o 4 años en adelante, las cosas cambian bastante. Sabemos que entienden perfectamente lo que les pedimos y que pueden hacerlo. ¿Qué hacer? Esa es la pregunta del millón. Si hubiera una única respuesta, irrefutable y que siempre funcione, creo que seríamos… robots o algo así, jeje… No hay fórmula absoluta, solo algunas bases que debemos tomar en cuenta.

Lidiando con un enano geniudo que durante poco menos de 8 años se ha enfrentado a nuestra autoridad directamente (ahora ya se nota que está aprendiendo a obedecer y a negociar) y otra zalamera que lo trata de hacer con coquetería, he aprendido algunas cosas:

1. Primero, a sopesar las cosas que les pido o exijo, y determinar qué es fundamental y absoluto, qué puede ser flexible y qué les puedo dejar a su criterio. La verdad es que no quiero discutir todo el día, ni quiero gritar para que obedezcan (aunque a veces me gane la impaciencia). Quiero que aprendan a obedecer porque entienden que lo que les pido es lo mejor, por eso mismo, trato de no ser antojadiza ni recurrir a los gritos.

2. Lo primero me lleva directamente a lo segundo. Creatividad. Usar nuestra posición de adultos, más “fuertes”, puede llevarnos a abusar de alguna forma de ese poder y recurrir a gritos, jalones, etc. para lograr obediencia. Pero esa obediencia ¿Es obediencia? Creo que es más un sometimiento forzoso. Lo cual conlleva la posibilidad de, sin querer, estar sembrando rebeldía o sumisión excesiva, dependiendo de la personalidad y edad del niño. La Creatividad ayuda a lograr la obediencia con una mejor actitud por parte del niño.

Por ejemplo, mi hija prefiere andar descalza en casa y sin medias, y no le importa si es verano, invierno, si esta sana o enferma. Le gusta así. En verano, no tengo problema y si sus pies terminan negros, bueno, ya le enseñé que antes de subirse a las camas debe limpiarse con pañitos húmedos. Pero en este invierno, imposible. Le compré pantuflas de animales, medias gruesas con estrellitas antideslizantes en la planta, entre otras cosas, y no había nada lo suficientemente atractivo que le haga cambiar sus preferencias. Siempre la encontraba sin medias caminando por la casa. Se lo expliqué mil veces, pero nada. Así que un día le dije: “Ania, si sigues caminando sin medias y sin pantuflas, tus pies te van a crecer como los del mono, así, grandotes”. Desde ahí, cada vez es menos frecuente verla sin medias.

3. Pero tampoco se trata de dejarles hacer lo que quieran o todo el tiempo idear cosas para que obedezcan. A veces también tienen que obedecer porque tienen que hacerlo y punto. Así que en tercer lugar está la Firmeza (no es un orden jerárquico, es variable de acuerdo a la edad, situación, etc). Firmeza no es sinónimo de gritos ni mal genio. Se trata de mantenerse en una posición, no cambiarla y hacerla cumplir.

Por ejemplo, el año pasado, estábamos haciendo tareas con Joaquín y la miss le había mandado a rehacer un dictado porque estaba muy desordenado. A él se le había metido en la cabeza que estaba bien y que la miss exageraba. La verdad, la hoja estaba sumamente desordenada. Le expliqué de mil y un maneras las razones de la miss, pero para él, no era necesario. Ya no había nada más que decir, simplemente tenía que hacerlo. Así que me senté a su lado y le dije: “Joaquín, ya te expliqué por qué tienes que rehacer la hoja, así que ahora siéntate, hazlo y no te vas a mover de ahí hasta que termines”.

Obviamente, su reacción no fue positiva. Renegó, gritó, pataleó, se desesperó, lloró, me reclamó por más de una hora y hasta tiró su cartuchera al piso. Mis únicas y eventuales respuestas eran: “Siéntate y trabaja”, “No te vas a mover de ahí hasta que termines”, “Tú ya sabes, no te lo voy a volver a explicar”. Hice un esfuerzo muy grande para no reaccionar mal, ni gritar, pero le hablé con voz firme. Esta batalla la tenía que ganar sí o sí, y la victoria sería su sujeción voluntaria. Por ratos, se decidía a hacerlo, avanzaba dos palabras y empezaba otra vez con la cantaleta. El pobre luchaba contra su propia naturaleza. Después de casi 1 hora con 30 minutos, se sentó y se puso a trabajar rápidamente. Cuando terminó, lo felicité porque había hecho un buen trabajo, le mostré la hoja anterior y la nueva, y le dije: Es evidente cuál está mejor, no? Asintió con la cabeza, guardó sus cosas, y se fue a su cuarto.
4. En cuarto lugar: Consecuencias. Acción y reacción, se llama. La vida, en general, está llena de consecuencias, buenas y malas. Lo que siembras, cosechas. Lo que hacemos o dejamos de hacer, las decisiones que tomamos, todo genera algún tipo de consecuencia. Y debemos asumirlas (y ellos también).
Por ejemplo, el jueves Joaquín tenía clases de violín un poco más temprano. Cuando llegamos a casa, debía cambiarse rápidamente, almorzar, lavarse e irnos. Pero cuando llegamos, se echó a ver tele, le dije que llegaríamos tarde. Se fue a su cuarto pero en lugar de cambiarse se puso a jugar. Así que lo senté y le dije:
– Joaquín, ya te expliqué. Tú dime, quieres o no quieres ir. Decide de una vez.
– Sí quiero ir.
– Entonces, cámbiate de una vez, si no, ya no vamos, no quiero llegar cuando ya va a terminar.
Se alistó y nos fuimos.

5. Disciplina. Mientras más chiquitos empecemos, más rápido lo lograremos. Pero ¿qué es disciplina? Es instruir, enseñar, dar lecciones y corregir. Es un trabajo arduo y agotador, y, en realidad, creo que todo lo demás gira en torno a esto. Es necesario formarlos, prepararlos para la vida.
6. Amor y paciencia. Todos somos humanos. Ellos y nosotras también. Ellos son pequeños y están en pleno aprendizaje. Nosotras explotamos, fallamos, equivocamos criterios, tenemos días buenos, malos y peores. Tenemos hormonas y emociones. No seamos duras con ellos ni con nosotras. Al decidir qué hacer, pensemos en lo que es bueno para ellos. Amar es hacer el bien a la otra persona, y aunque a ellos no les guste o no lo entienden así, igual hay que hacerlo. Y si erramos, enseñemos con el ejemplo que pedir perdón está bien (lee sobre el poder del perdón aquí).
7. Trabajo en equipo. Papá y mamá deben tener los mismos criterios base y no interferir cuando el otro está ejerciendo su autoridad. Si alguno está en desacuerdo, decirlo en privado, nunca delante del niño.
TIP. Algo que siempre debemos hacer es Contacto Visual. Cuando les hablemos, deben mirarnos a los ojos, así aseguras su atención y refuerzas tu autoridad.
No olvidemos que las cosas varían según la edad de nuestros hijos, algunos todavía no tienen la capacidad de controlarse, otros tienen un carácter más dócil y otros más geniudo, otros maduran más rápido, cuando tienen sueño o hambre reaccionan diferente, algunos tienen preferencias muy marcadas, a otros les gustan las rutinas definidas y no toleran cambios inesperados, entre muchas otras variables.

Cada niño trae su propio temperamento, personalidad, gustos, preferencias, etc. Formarlos no es pasar por encima de estas sin la más mínima consideración y esperar que no reaccionen; creo que se trata de conocerlos y reforzar o desarrollar virtudes y corregir con prontitud y firmeza los vicios.

Menudo trabajo el que nos toca ¿no?

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