El desafío de la crianza con valores

Dice el dicho: Crecen los hijos y crecen los problemas. Más que problemas, lo veo como dificultades o, mejor dicho, desafíos. Sí, desafíos. 
Cuando son chiquitos, hay que enseñarles a obedecer, a respetar a la autoridad, a compartir, entre muchas otras cosas. Algunos, sí, te cuestionan, pero lo hacen en la medida de su capacidad infantil para, finalmente, aprender (eso esperamos todas las mamás).

A medida que van creciendo, el entorno y la propia naturaleza humana va inclinando y procurando desviar aquello que uno trata de formar en ellos. No faltará ocasión en que cojan algo del supermercado sin que una se dé cuenta, o que mientan para salirse con la suya, o que golpeen a otro en venganza o por cólera.


Cuando son chiquitos se les habla, corrige y se trabaja mucho con estímulos, consecuencias, etc. esperando ver resultados. Y ciertamente, los vemos. Pero cuando van llegando a edades donde se vuelven más independientes y se desenvuelven en entornos menos controlados, en su comportamiento se evidencia que no solo están influenciados por las enseñanzas impartidas por los padres, sino por el ejemplo de los amigos, sus propias emociones y deseos, entre otras cosas.

Las preguntas que me hago son ¿qué decidirá mi hijo? ¿Cómo se comportará? ¿A quién escuchará?

El desafío, pienso, es lograr fijar en el corazón y la mente de nuestros pequeños, los valores y principios bajo los cuales creemos que deben vivir: respeto, honestidad, amor, solidaridad, paciencia, esfuerzo, entre tantos.

Hacer esto, nos obliga a poner sobre la mesa nuestra propia manera de vivir. Es decir, evaluar si nosotros estamos viviendo bajo esos principios y valores que queremos enseñar. Y, también, en qué se fundamentan para que sean sólidos y para que nuestro ejemplo, por lo tanto, sea sólido. Porque, la verdad, el ejemplo que damos habla más fuerte.
Este trabajo de educar, formar, corregir, enseñar, moldear es la paternidad-maternidad. Y es un camino de doble vía, porque no solo lo hacemos con los hijos, también nos transforma a nosotros. Tal vez antes, cuando no éramos responsables por otra vida, no teníamos tanta conciencia de nuestro ejemplo. Cuando nos convertimos en padres, todo cambia. Hay conductas que debemos modificar, grises que debemos definir, todo por el bien de ellos.

Hoy en la mañana, cuando llevaba a mi hijo de 8 años al colegio, le pregunté: “Hijo, ¿por qué crees que está mal mentir? Su respuesta fue muy ilustrativa y real. “Mientras no te chapen, te salvas. Pero cuando te descubren, te castigan”. Esa es la filosofía criolla, creo, la del vivo, la de las consecuencias y nada más. Eso no es un principio y menos un valor.


Amo la sinceridad de mi hijo para decirme muy suelto de huesos algo así. Pero me doy cuenta que eso no es lo que su papá y yo nos esforzamos por enseñarle. ¿Dónde lo aprendió? Los amigos, la vida misma, la experiencia de haberse salido con la suya, probablemente.


No se puede mantener a los niños en una burbuja. Pero tampoco en un barco sin timón. Creo que acompañar a nuestros hijos en su día a día, nos permitirá estar atentos a esos detalles que nos dicen tanto acerca de ellos y que nos permitirán encauzar su propia personalidad y carácter.


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