No hay primero sin segunda

Post publicado el 4 de febrero de 2014 en el portal padresdehoy

Es verdad que hay parejas que deciden tener un solo hijo, pero hay otras que después del primero ya andan pensando cuándo aumentar la familia y, en ese dilema, cuánto esperar entre uno y otro creo que es uno de los primeros puntos de la lista.

Cuando nació Ania, Joaquín tenía 4 años 5 meses. Algunos amigos me decían que era una buena diferencia, porque el mayor estaba un poco más grande y podía comprender mejor la situación, ya había dejado el pañal, comía de todo y de la olla, tampoco usaba biberón y era más independiente en muchos aspectos.
Todo esto es verdad, hasta cierto punto.
Ahora que mis hijos tienen 8 y casi 4 años, a veces pienso que hubiera sido mejor tenerlos más seguido. Y aunque no hay marcha atrás, me queda la experiencia para compartir.
Mi hijito mayor me ayudaba trayendo las babitas, pasándome los pañales, la cremita, bañándola y todo lo que los psicólogos y libros te aconsejan que hagas. Y aunque comprendía que ella era bebé, que necesitaba mi atención y que yo no tenía el mismo tiempo libre que antes, los celos y la rivalidad llegaron igual.
Joaquín se ponía celoso porque, en general, el bebé llama más la atención que el más grande. Una vez, una amiga le empezó a hacer quecos a Ania de 8 meses, sin siquiera percatarse que Joaqui estaba cerca; él, enojado, le pisó la punta del pie (bueno, eso intentó porque –menos mal- era un zapato puntiagudo y ella no sintió nada).
Otras veces, los celos y molestias venían porque él quería jugar conmigo y yo tenía que dar de lactar, cambiar pañales o atender un llanto. Me decía cosas como: “Ya no tienes tiempo para mí”. La verdad es que se me rompía el corazón, pero es un conflicto de emociones que debemos ayudarles a superar. Ahora lo maneja mucho mejor y es evidente que ama a su hermana. Aunque todavía discute cada porción, premio y regalo que en su criterio no es justo, cosas de hermanos que a veces perduran hasta la adultez.

La gran dificultad que enfrento, en realidad, es el tema del juego. A él le gustan los juegos de mesa, los superhéroes, las luchas, la guerra, los zombies, entre otras cosas toscas o de reglas muy elaboradas. A ella, las princesas, las novias, la doctora, la comidita, pintar y demás juegos de niña. No coinciden con frecuencia y cuando eso ocurre es, casi siempre, porque ella juega a lo de él, pero no duran mucho porque o él se aburre o ella termina llorando.

Lo que suelen hacer es buscarme a mí para jugar, pero a lo que cada uno quiere. Y cuando jugamos juntos, ella no entiende las reglas o no las respeta y él se molesta o se aburre.
Cuando veo cómo juegan los hijos de amigos que se llevan poca diferencia, pienso que si hubiera tenido a Ania antes, ellos jugarían más o menos igual. Bueno, eso pienso, pero nada lo asegura, porque mucho tiene que ver el temperamento y el hecho de que el mayor es varón (a veces uno de estos puntos es el factor de mayor influencia en el tema del juego).
Es lindo verlos jugar juntos. Cuando vamos a los juegos, él la ayuda, la cuida y corretean. Hace unos días coincidimos con varios niños para jugar pero como las niñas se conocían de antes, relegaron a Ania y no la dejaban jugar. Joaquín me reclamó y salió en defensa de su hermana, pidiéndome que hable con esas niñas porque no querían jugar con Ania.

Cuando los hermanos juegan juntos se conocen más, se integran, liman asperezas, adquieren habilidades sociales y, valgan verdades, se entretienen entre ellos y se olvidan un poco de una. No digo que jugar con ellos sea una carga, pero tampoco estamos a su disposición tooodo el día, tooodo el tiempo.

Siempre tendremos que lidiar con los pañales, la lactancia, preparar biberones, los celos, rivalidad y lo que venga con cada etapa, siempre habrá dificultades que enfrentar, estrés, cansancio, etc. Pero el tema del juego –en mi experiencia- es crucial; cuando tienen un hermano o hermana –mejor si es más o menos contemporáneo- tienen un compañero para toda la vida.

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