Hoy me dolió el corazón

Hoy fui testigo de un episodio de violencia infantil que indignó tanto mi corazón, que no pude evitar derramar lágrimas de impotencia.

Estaba en el parque con mis hijos y unos cuantos padres más con sus hijos. Unas 10 personas en total, entre adultos y niños. Una niña de cabellos negros llamó particularmente mi atención. Tendría unos 9 o 10 años. Estaba con su papá, abuela paterna y hermanita de menos de 2 años. La observaba porque noté una excesiva preocupación. La cuidaba más allá de lo normal, es más, parecía que había ido al parque a acompañarla no a jugar. Pero los pies le picaban por jugar.

Después de un rato de acompañar a su pequeña hermana en el carrusel, se fueron a los columpios. El papá las acompañó y sentó a la pequeñita para impulsarla, mientras la más grande lo hacía sola. Al rato, el papá se alejó un poco de los columpios para decirle a la abuela que se acercara. Justo en ese instante -como suele ser con los accidentes-, la bebita se resbaló del columpio y cayó a la arena, estallando en llanto. La hermana mayor estaba en el aire a punto de golpear a la niña por el impulso de su columpio. En un despliegue de buenos reflejos y habilidad, la niña saltó y sujetó el asiento evitando un golpe seguro.

Yo miraba desde lejos la escena, sorprendida por la rapidez de la reacción de la niña. Cuando el papá volteó, pegó un grito ensordecedor en contra de su hija mayor, reclamándole por no cuidar a la hermanita.

En eso pasó lo inconcebible. Ocurrió aquello de lo que solo había leído pero nunca visto. El señor levantó a la más pequeña y con una ira profunda, embistió en contra de la mayor. Le propinó tal golpe en la espalda que ella tuvo que hacer equilibrio dando varios pasos hacia adelante para no caer y luego de eso, le dio un puntapié.

Sentí como la sangre empezó a hervir en mis manos y corazón. Mis puños se cerraron en reacción a la injusticia y pegué un grito que esperaba reflejara mi indignación y a la vez compasión por la niña de cabellos negros.

“¡Oiga! ¡Qué le pasa! ¡Usted tiene dos hijas! ¡Cómo se le ocurre pegarle así! ¡Está loco!”

Otros padres también reaccionaron y salieron en defensa de la niña. Ella se tiró en brazos de su abuela a llorar. De una abuela que no dijo ni pío ante tal expresión de violencia contra su nieta. Silente como si no hubiera sido la primera vez.

Desde donde estaba, le dije a la niña que tuviera bien claro que ella no era la culpable y en eso, el energúmeno me increpó –un poco menos bravucón- que no me metiera en sus asuntos.

“¿Sus asuntos?” Le reclamé. “Usted golpea de esa manera a la niña y se supone que debo permanecer callada? ¿Qué le pasa? ¡Sinvergüenza!”. No fui la única, otros padres también se pusieron de pie y se le acercaron con reclamos.

El señor (y su familia) se retiró ante el cargamontón que se le vino encima. Yo, en mi corazón, le pedía a Dios que protegiera a esa pequeña porque tenía la sensación de que el tipo le sacaría la mugre al llegar a casa.

Quería seguir hablando. Quería seguir diciéndole lo que explotaba en mi corazón. Pero las lágrimas se comían mis palabras. Sufría por esa niña, sufría por las heridas que su propio padre estaba dejando marcadas en su corazón. Sufría por todos los niños víctimas de la violencia. Por ese daño que deja huellas inimaginables.

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