Cuartos separados, respiro para todos

Pese a tener 3 dormitorios en el depa, Joaquín y Ania han estado durmiendo en el mismo cuarto desde hace más de un año. Teníamos varias ideas para ese cuarto: convertirlo en sala de tele, oficina, depósito, cuarto de juegos o alguna otra cosa que permita aprovechar el espacio que siempre queda corto en un departamento.
Por un tiempo, las cosas funcionaron más o menos bien. Cada uno tenía un sector donde poner sus juguetes y un clóset diferente para ropa y accesorios. No jugaban mucho juntos, pero lo atribuíamos a la diferencia de edad. “Cuatro años y medio es mucho, cuando crezcan un poco más se llevarán mejor”, pensábamos. Peleaban de cuando en cuando, pero nada fuera de lo que creíamos normal.

Desde hace más o menos dos meses, quizás tres, las peleas empezaron a subir de tono y frecuencia. Todo era motivo de disputa y llanto. Que si cogió mi juguete, que si me miró feo, “Deja de silbar Joaquín! Quiero dormir”, “Ania, ya no hables, es hora de dormir!”, “Mamá! Ania me sacó la lengua”, “Mamááááá! Joaquín me está molestando!”, “Eres malo Joaquín!”, “Yo tengo un hermano que se llama Joaquín y es bien molestoso!”. Peleaban en el cuarto, en la cocina, en la escalera, en el auto, en todos lados.

La histeria estaba haciendo presa de mi cordura. No entendía cómo habían llegado a ese punto ni cómo lo habíamos permitido nosotros. Todos los días Joaquín se despertaba de malhumor y renegaba desde muy temprano. En realidad, él siempre ha sido medio gruñón, pero estas últimas semanas exageraba por lo más mínimo. Y ella, más llorona, quejona y bulliciosa que nunca.

El último día de las vacaciones del tercer bimestre me decidí a pasarlo al otro cuarto. No sé qué estábamos esperando para hacerlo. Como ese cuarto es chico, quería comprarle uno de esos camarotes que tienen escritorio en la parte de abajo. A ella quería comprarle una cama grande. Pero cuando decidimos vender el departamento, quedó todo en stand by. Y no compré nada ni los cambié.

Me he dado cuenta que me gusta aprovechar los momentos al hacer las cosas. Es decir, si voy a hacer algo, lo hago completo –al menos eso es lo que quiero-. Si lo voy a cambiar de cuarto, de una vez le compro la cama y el escritorio, pero recién en ese momento, no antes. Y como no lo cambié, no le compré nada. Es una cosa rara que me ocurre. Es como hacer todo en paquete… no sé…

El asunto es que ese día saqué las cajas del cuarto pequeño (se había convertido en un depósito – cuarto de juegos), desarmé la cama de Joaquín y la volví a armar en el otro cuarto. Pasé un mueble que sirve temporalmente de guardaropa; ordené sus juguetes, depuré un poco. El cuarto quedó decente y él, feliz. Yo, con lumbalgia, claro… Jaja.

Hace una semana que cada uno está en su cuarto. Las peleas han disminuido considerablemente y de pronto, “mágicamente”, han empezado a jugar algunas cosas juntos. Él toca batería y ella baila; juegan a los superhéroes: Murciélago de Polvo y Starshi contra los malos; la Gallinita Ciega.
Creo que necesitaban su espacio. Sobre todo el grandulón. La lección para mí: Si hay algo que hacer, no esperes las mejores condiciones o el mejor momento, hazlo.

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