Rituales

Cuando era pequeña, recuerdo que me gustaba colocar la funda de mi almohada entre mis dedos meñique y anular, y hacerme cosquillas hasta quedarme dormida. Mi mamá dice que no había forma de que durmiera sin mi “huequito”-como solía llamarle- y que no podía ser cualquiera, debía tener una textura especial que me causara la misma sensación. Joaquín tiene un ritual que persiste en el tiempo y que, curiosamente, comparte con su papá: hacerse cosquillas en la cara.

Recuerdo claramente cuando el ritual de Joaquín inició. Tenía 8 meses aproximadamente, su papá estaba cargándolo y tenía puesto una polera con capucha, de esas que tienen unas pitas para ajustarla. De pronto veo a Joaquín inclinado hacia el pecho de su papá sin volver a su posición. Me llamó la atención porque pensé que se había dormido, así que me acerqué para observarlo detenidamente.

En eso veo que había cogido con una de sus manitas regordetas, la pita de la polera y se estaba haciendo cosquillas en la cara. Mi esposo y yo nos miramos y nos comenzamos a reír, sorprendidos porque, en realidad, nadie le había enseñado a hacerlo. Estaba en sus genes!! Percy me había contado que cuando era chiquito se hacía cosquillas con la punta del cuello de la camisa de su papá, la misma camisa siempre. Poco después de cumplir 1 año, Joaquín adoptó la funda roja de un cojín al que le puso de nombre: “Mi” y a la que –quién sabe cómo- le hizo puntas en las esquinas para hacerse cosquillas.

El “Mi” en todo su esplendor.

El “Mi” boca abajo en la cuna de Joaquín,
a los 8 meses.

De 1 año 2 meses durmiendo
sobre su “Mí”.

Tomando su agua y abrazando al “Mí”,
de 1 año 8 meses.



Esa funda roja nos ha hecho unas… cuántas veces hemos tenido que regresar a nuestra casa o a la de alguien a recogerla porque no había forma de que Joaquín durmiera sin sus cosquillas. Una vez no quiso entrar al nido sin ella y la miss lo dejó –era bien obstinado mi pequeño de 2 años-, pero a la salida la olvidamos allí. Cuando nos dimos cuenta, fuimos a recogerla pero ¡no había nadie! Y para colmo era viernes. No sé cuántas horas lloró, hasta que se resignó a la funda de otro cojín, una amarilla, pero me conminó a que le haga una punta con la tijera. Cuando fuimos el lunes a recogerla, la frase para el recuerdo fue: “Te extrañé Mi”. Pero esa funda también se ha salvado de unas…. Una vez, Percy la rescató de las bolsas de basura minutos antes de que pasara el camión.


Joaquín de 4 años con el “Mí”
ya un poco raído.

De esa funda queda un pequeño retazo cuadrado que guardo escondido de recuerdo para mí. Pero no es que Joaquín haya renunciado a las placenteras cosquillas en la cara repentinamente. Si no que, en una de esas perdidas, la escondí pensando que ya estaba muy grande para eso. Lo que hizo fue adoptar la funda amarilla que una vez sirvió de repuesto y bautizarla como “Fundi”. “Fundi” todavía existe, raída, mal cosida por él mismo, con una punta laaarga. Es su compañera de cosquillas, sueños, relax, consuelo, tele y más.

Esto es lo que queda del “Mí”.

Esta es la “Fundi” en su estado actual. No encontré una foto del antes.

Ania también tiene su “Fundi”. En realidad la de ella es un polo mío que una vez le di siguiendo el sabio consejo para que se duerma: darle una prenda mía, la más sudada, para que sienta mi olor en su cuna. Cuando ella tenía 6 meses más o menos, le puse el polo que había tenido puesto todo el día porque apenas la acostaba en la cuna, abría los ojos. Ese polo turquesa no solo estaba sudado, también estaba manchado con leche materna. Ni bien se lo puse al lado, se acurrucó, cerró sus ojitos y se durmió. A partir de ahí y hasta ahora, ese polo (llamado “fundi” por imitación) es su compañera.  Incluso le dedica suspiros y frases como: “Te extrañé Fundi, te quiero”.

Ania usando su “polo-fundi” de vestido, uno de sus tantos usos.



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