Cambiando el castigo por la reflexión

Hasta hace algunos años a mi esposo y a mí nos costaba mucho trabajo llevar a Joaquín a un punto de reflexión que lo motivara a cambiar de actitud respecto a algo. Por lo general, iba acompañado de castigo, tiempo a solas o algún tipo de consecuencia; y también de la charla reflexiva y la explicación de por qué estaba mal su comportamiento y por qué esperábamos un cambio de actitud al respecto.

Tanta perorata de hecho rinde su fruto.

Por ejemplo, hasta hace poco tiempo, lograr algo tan simple como saludar a las personas era una especie de hazaña. Cuando era chiquito, digamos unos 3 años, si alguien osaba acercar su rostro hasta el suyo con el fin de darle un besito, lo que usualmente encontraba era un manotazo de rechazo, un ceño fruncido con mirada de cólera o una cara volteada. Y por supuesto, de lograr el cometido, una respectiva limpiada de mejilla posterior. Cada vez que íbamos donde sus abuelos paternos, durante el camino teníamos que ir preparándolo: “tienes que saludar”, “cuando saludas estás mostrando cariño y respeto”, “a las mujeres con besito y a los hombres con la mano”, “si no quieres dar besito, por lo menos di buenos días o buenas tardes”. Pero casi siempre había que amenazarlo: “si no saludas, no puedes salir a jugar”.

De verdad que era un tanto vergonzoso ver como la gente que le tenía tanto cariño, se acercaba a saludarlo y él respondía con rechazo y mal humor.

Ayer, cuando íbamos a una reunión, de pronto Percy iba a empezar de nuevo, ya no perorata ni advertencia, pero sí aviso: “Joaquín, estamos yendo a una reunión donde van a estar amigos nuestros, no te olvides que tienes que…”. Y Joaquín le cortó con un “ya sé, ya sé, tengo que saludar” y se rió. Cuando llegamos a la reunión, se acercó a cada persona y tranquilamente saludó. Y a la hora de irnos, sin remilgos, se despidió.
Me puse a pensar en lo mucho que ha avanzado mi pequeño, claro, ya tiene 6.

Pero esa reflexión comenzó un poco más temprano, por la mañana de ayer, para ser exactos.
Para entender el contexto, les explico. Cuando Joaquín hace tareas, a veces se pone un poco “eléctrico”. Por ejemplo, está escribiendo con el lápiz y cuando tiene que borrar, tira el lápiz por donde sea, borra, luego tira el borrador y se para a recoger el lápiz; luego, vuelve a tirar el lápiz para coger el tarjador porque al lápiz –obviamente- se le rompió la punta; coge el lápiz, lo tarja y tira el tarjador para continuar con su tarea. Si se vuelve a equivocar, se repite la misma cantaleta. Siempre le digo que no tire las cosas pero ya estamos semanas así y nada. No quiero pensar mucho en cómo será en el cole, pero me imagino que algo similar pues las anotaciones porque se para mucho de su sitio abundan en su agenda.

Sabido esto, continuábamos haciendo tareas y Joaquín empezó nuevamente con el tira, recoge, rompe, tarja, etc. Me quedé pensando en cómo hacer para lograr que no tire las cosas. Entonces se me ocurrió empezar a confiscarle una de sus monedas (de 10 céntimos) cada vez que tire alguno de sus útiles –con el propósito de usarlas para comprarle nuevos útiles-. Le expliqué lo que iba a pasar la próxima vez que tirara alguno de sus útiles y me alisté para la bronca.

Ya tenía 2 monedas confiscadas y un niño renegón haciendo sus ejercicios, cuando en eso, llegó mi esposo de trabajar. Joaquín aprovechó el momento para salirse con la suya, pegó un grito de emoción, tiro su lápiz y corrió a abrazar a su papá. Obviamente le confisqué una moneda más y empezó el berrinche. Muchos podrán pensar –como mi esposo- que solo se emocionó porque llegó su papá, pero la verdad es que fue algo más. Justo cuando su papá abrió la puerta, Joaquín elevó la mirada, sonrió y siguió trabajando. Pasaron unos segundos después, y recién hizo lo que hizo. Si su reacción hubiera sido instantánea, ciertamente la hubiera atribuido a la emoción de la llegada de su papá. Pero no. El la pensó y eso me hizo notar su deseo de salirse con la suya. Y así me equivoque, él estaba advertido que no debía tirar sus útiles, sea el motivo que fuere.

El berrinche no tenía cuando acabar. Estaba enojadísimo conmigo. Se cerró como unos 10 o 15 sin querer hacer nada. “No voy a hacer mi tarea hasta que me devuelvas mi moneda”. No había como sacarlo de su terquedad. Así que su papá intervino. Se encerró con él en el cuarto por unos 10 minutos aproximadamente. Joaquín salió serio, ya no enojado, directo a sentarse a hacer su tarea.

Me quedé con la intriga de qué le habrá dicho su papá que logró ese cambio de actitud. Cuando Joaquín se fue al baño, me acerqué y le pregunté. Él me dijo escuetamente: “Le hablé de qué camino va a elegir”.
Ahí empezó mi reflexión. Antes hubiera sido necesario castigarlo, tal vez con un tiempo a solas para que “piense en lo que ha hecho”, una amenaza de castigo o, incluso, con una nalgada de las que ya casi no recibe. Pero no. Fue suficiente llevarlo a reflexionar, con palabras simples e impactantes para su mente de niño, que le hicieran entender que él decide qué camino tomar, que esa decisión tendrá consecuencias y que esa decisión puede agradar o desagradar a Dios.

Es trabajoso. Requiere mucha autoreflexión en el por qué le pides o exiges tal o cual cosa, en qué quieres inculcarle, qué palabras o ejemplos vas a usar. Y, sobretodo, requiere tiempo. Pero el resultado es mejor.
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