Es más fácil ¿Es mejor?

Ciertamente, es más fácil complacerlos. Es más fácil darles lo que quieren, es más fácil claudicar. Es más fácil hacerte de oídos sordos ante las peleas o el abuso.  Es más fácil dejarlos como corderitos que crezcan “libres”. Y a veces, también se hace más fácil castigarlos severamente de una buena vez.
Es más agotador estar siempre pendiente de sus actitudes para corregirlas. Es más cansado prestar atención a sus palabras y frases para enseñarles. Y lo más difícil es no ceder ante la frustración y renegar.
Hay niños más dóciles, hay niños más geniudos. Hay niños que sorprenden por su capacidad de regularse a sí mismos, hay niños que necesitan más corrección.

Pero al margen de cómo sea el niño, todos se merecen amor, paciencia, mesura, firmeza, equilibrio y gracia. Al margen de si a veces te sacan de quicio o si a veces se exceden en sus travesuras, todos se merecen paciencia y amor.


Para corregirlos hay que pensar en lo que el niño necesita, no en lo que nos produce a nosotros lo que ha hecho. Qué necesita mi hijo, hay que pensar, y no decir mi hijo es un malcriado e injustamente culparlo de la incapacidad que tenemos para controlarnos. Queremos que ellos controlen su comportamiento pero con nuestras reacciones les enseñamos lo contrario. No se trata de corregirlos en base a nuestras emociones o sentimientos, no es en base a nuestra cólera, culpa, frustración, tristeza, alegría o comodidad. Sino en función a lo que va a ser mejor para ellos. Y esto requiere compromiso. Compromiso en conocer cómo son nuestros hijos, cómo piensan, qué intenciones tienen. Compromiso con la labor que Dios nos ha encomendado. Compromiso con un trabajo a largo plazo. 

Compromiso y responsabilidad.
Por qué si estudiamos para trabajar, si nos capacitamos para asumir nuevas responsabilidades laborales, por qué si queremos aprender a cocinar buscamos quién nos enseñe o recetas qué seguir, por qué tomamos clases para aprender a manejar y damos un examen antes de que nos lo permitan legalmente; por qué asumimos que vamos a ser buenos padres por el solo hecho de amar a nuestros hijos y desear lo mejor para ellos, por qué creemos que vamos a poder corregirlos adecuadamente.

Y es que podemos creerlo, podemos quererlo, pero no siempre podemos hacerlo. No dejemos al azar una responsabilidad tan grande como es formar la vida y el carácter de una persona.

Leer buenos libros, preguntar, buscar consejo, observar a otros, ser creativo, todo vale. Pero por sobre todo, buscar a Dios. Cuando Dios entra al corazón, empieza a transformarlo, y aquellas frustraciones, cóleras, heridas, resentimientos, etc. que ciertamente influyen en las reacciones ante nuestros hijos, van cambiando, van sanando. Y vamos tomando consciencia de nosotros mismos y de nuestros errores.
Al final, esto será para beneficio de toda la familia. Tendremos más alegrías que cóleras, más carcajadas que gritos. Porque será nuestra propia actitud la que influya en la actitud de nuestros hijos y también en la de nuestros cónyuges. Pero, claro, nada es perfecto, no hay que desanimarse cuando hay cosas que tardan más en cambiar, cuando vemos en nosotros mismos comportamientos que quisiéramos desaparecer. Paciencia, buen humor y humildad para aceptar que Dios sigue trabajando.


Algunos libros:
Una madre conforme al corazón de Dios de Elizabeth George
Criando niños y Atrévete a disciplinar de James Dobson
¿Cómo puedo disciplinar a mis hijos sin abusar de ellos? De David Hormachea
Las 1001 maneras de presentar la Biblia a los niños de Kathie Reimer
Devocionario: Para Aprender Sabiduría de Wilson Chávez

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