Me llamo Ane

Cuando Joaquín era chiquito me daba un poco de risa que a su papá no le dijera papá, sino “papapecipapapeci”, así, tal cual lo leen. Cada vez que lo llamaba o se refería a él le decía “papapecipapapeci”. Ahora, que Ania está diciendo sus primeras palabritas, me toco a mí ser no la mamá si no “Ane”. Bueno, sí, de vez en cuando me dice “ma-ma-ma-ma”, casi siempre cuando quiere que la saque de la cuna, pero en general me dice “Ane”. Y aunque Joaquín me dice Mamá o Mami, creo que influyó más el Andre de mi esposo.

Pero así como me parecía curioso y lindo el “papapecipapapeci”, ahora también me parece lindo el “Ane”. Creo que me enternece. Me enternece porque sabe quién soy y cómo me llamo, sabe cuando quiere estar conmigo -por lo general todo el tiempo- y cuando me llama lo hace con su dulce vocecita para luego soltar una sonrisa al lograr su cometido: que la cargue.
A sus 11 mesesitos, Ania tiene un repertorio bastante reducido pero una capacidad de comunicarse sorprendente. Básicamente dice “Ane”. Jeje… bueno, algunas veces dice “ma-ma-ma-ma” y está empezando a decir “aba” (agua). Pero sabe hacerse entender. Cuando quiere lactar me empieza a jalar el pantalón y ni siquiera cargarla la calma, sino que quiere levantarme el polo y no para hasta que me decida darle gusto; cuando está almorzando y quiere agua, no te acepta un bocado más hasta que se la des -hace unos días recién me dijo “aba”-; cuando tiene sueño reniega y se acaricia el cabello; cuando no quiere que alguien la cargue se agarra bien fuerte de mi polo, y si logran cargarla se hace evidente su desagrado al empujarle y ponerle mala cara. Cuando alguien no le agrada o piensa que la van a alejar de su mamá, ni bien ve a la persona quiere llorar.
No le gusta que invadan su espacio, los ruidos fuertes la asustan y pueden hacerla llorar, llora solidariamente cuando Joaquín lo hace; le encanta la manzana, la pera, el durazno y el plátano de isla, le gusta meter la mano en el plato y comer ella solita y nunca le gustó el biberón.
Cuando su papá llega de trabajar hace fiesta: grita, baila, se emociona, hasta que se decide gatear hasta él para que la cargue mientras ella se acurruca en su regazo. Ya aprendió a dar beso volado pero no cuando uno se lo pide y también a hacer hola y chau con la mano extendida. Cuando le preguntas por su cabeza se agarra la oreja y aplaude, y mira hacia el foco cuando la pregunta es ¿Dónde está la luz?.
Le encanta acurrucarse y dormir entre papá y mamá; cuando gatea hacia otro ambiente, antes de entrar se asoma; le encantan las pelotas y empujar los juguetes de un lado a otro; y ha encontrado una nueva diversión en abrir los cajones de la cocina y sacar lo que en ellos hay. No acepta que ninguna chica la cargue, al menos hasta que se gane su confianza, pero con los chicos es otra historia.
Y si me refiero a su hermanito, podría empezar un nuevo relato. Cuando quiere pasarle la voz le grita “¡Ah, Ah!” hasta que le haga caso. Cuando lo ve, se emociona, se ríe, se retuerce. Si puede, le jala el cabello, le da palmadas en el rostro, lo besa; se acurruca en su cuello, se sube encima de él. Si ella se despierta de su siesta y llora, solo ver entrar a Joaquín por la puerta le basta para calmarse, y si quiere salir de la cuna y él se mete, ella se podría quedar allí todo el día.
Falta menos de un mes para que Ania cumpla un añito y siento que el tiempo ha pasado más rápido de lo que hubiera querido. Solo me queda decir gracias Señor por haber estado aquí.

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