… porque no quiero olvidar

Ayer pensaba en las muchas cosas que he olvidado de cuando Joaquín era bebé. Trataba de recordar para contarle mientras estábamos echados en la cama con su hermanita. Recordé que él no era tan conversador (bueno, balbuceador), que le gustaba mucho estar boca a abajo, que dormía 2 horas y luego se despertaba hambriento sea de día o de noche, que sus primeros dientes le salieron a los….8?9? chanfle! no lo recuerdo bien. Tampoco recuerdo cuando se dio la vuelta solo por primera vez -pero si recuerdo que cuando lo hizo se cayó de la cama y lloramos juntos-.

No recuerdo cuántos meses tenía cuando se sentó solo ni cuando se paró, aunque de esto último tengo la imagen en mi cabeza y hasta recuerdo la chompita que tenía puesta. Recuerdo que caminó al año, pero que antes de eso una vez caminó sin agarrarse cerca de 10 pasos por el pasadizo, luego se cayó sentado y continuó gateando. Tendría que empezar a revisar todas sus fotos y videos para recordar porque, eso sí, casi todo lo tengo registrado, hasta su primera caca en el bacín.

Por eso me animé a escribir esta especie de diario. No quiero olvidar más. Pero si olvido, puedo recurrir a “mi diario” para recordar. “Mi diario”, jeje, hace que recuerde mi adolescencia cuando todas las noches escribía lo que me había ocurrido en el día. Por ahí deben estar esos viejos cuadernos que registraron en parte la adolescencia tomentosa que viví.

Para los que no lo saben, Joaquín es mi hijo mayor. Tiene 4 años y 9 meses, y es la alegría de esta casa. Y aunque a veces manifiesta su temperamento heredado, siempre está bromeando y haciéndonos reir. Es tan gracioso y juguetón, que cuando quieres llamarle la atención hay que apretar bien los dientes para no reirte de sus ocurrencias.

Por ejemplo, hace un tiempo atrás, estaba reincidiendo mucho en la desobediencia, sobre todo con su papá. Entonces a Percy se le ocurrió una táctica para lograr encauzar su comportamiento. Le dijo: “¡Como no me obedeces a la primera, voy a tener que hablarte 2 veces! Ven acá, ven acá; recoje tus juguetes, recoje tus juguetes!”. Obviamente a Joaquín no le gustó la táctica y desesperado gritaba “¡No me hables 2 veces!”. Un par de semanas esta fue la herramienta salvadora que lograba una obediencia casi inmediata.

Hasta que llegó el día. Percy le había pedido a Joaquín que se cambie de ropa (si mal no recuerdo esa fue la solicitud) y, como siempre, Joaquín estaba entretenido en sus juegos y había dilatado lo más posible la paciencia de su papá. Así que nuevamente sacó la herramienta de obediencia: “Joaquín, Joaquín; cámbiate de ropa, cámbiate de ropa”. Joaquín se paró y renegando empezó a gimotear: “Ay! Percy! no me hables 2 veces!”, con esa tonadita que los padres de niños pequeños detestamos porque suena a lloriqueo. Chillaba y chillaba, renegando, pero no hacía lo que se le pedía. Entonces Percy insistió con una voz impostada: “¡Joaquín, Joaquín!; ¡obedece, obedece!”.  Bastante alterado, ya, pataleando contra el piso y agarrándose la cabeza, Joaquín gritó: “¡No te voy a obedecer!¡No te voy a obedecer!”.

Imposible contener la risa. Adiós herramienta de obediencia.

Pensé que nunca iba a olvidarme de las anécdotas de Joaquín pues, por lo general siempre he tenido buena memoria (mi esposo me decía que tenía una agenda en la cabeza). Pero ahora, no sé qué me ha pasado, que me está costando recordar. Que nadie me diga que es la edad porque lo borro de mi lista, jeje.

Ania, mi hija menor, acaba de cumplir 3 meses. Esta pequeñita es un ángel. Duerme de 9pm a 6am prácticamente sin despertarse. Solo llora cuando tiene hambre, cuando su pañal está lleno y cuando está sola, porque eso sí, le gusta estar siempre acompañada. Es muy coqueta y risueña, le gusta conversar con todo aquel que se tome un tiempo para hablarle con una voz aguda y la sonrisa en el rostro. Aunque ya sostiene su cabeza, detesta estar boca a abajo. Ya le están brotando los dientes y está empezando a agarrar lo que está a su alcance y llevárselo a la boca.

Percy, mi esposo, es lo mejor. A él, le escribí estas líneas hace tiempo ya, pero le añadí una pequeña frase recientemente.

“Del por qué te amo”
Porque tu mirada, tu sola mirada, ilumina mi mañana, mi presente, mi futuro;
tu mirada llena de amor mis ojos, de ternura mis palabras.
Porque tus abrazos, tus besos, tus caricias le hablan directamente a mi corazón.
Porque tus palabras embargan mi mente y mis pensamientos todos son tuyos.
Amo tu mirada, tus abrazos, tus palabras.
Amo amarte.
Te amo y soy feliz amándote.
Amo que me conozcas, amo arrancarte una risa sin saber siquiera cómo.
Amo tu forma de tratarme, de quererme, de entenderme, de amarme.
Amo tu paciencia, tu dulzura, tu calma.
Amo tu ternura.
Amo que te guste estar en casa y pasar el tiempo sin “hacer nada” pero juntos.
Amo que me ames y amo amarte.
Amo que te guste mi comida, cualquiera que fuera.
Amo que te guste escucharme cuando divago en mis propias ideas.
Amo que andemos por el mismo camino, felices, seguros de que ese es nuestro camino porque lo recorremos juntos.
Te amo porque con debilidades y todo amas a Dios y no te rindes.
Amo que Ania sea dormilona y que Joaquín tenga tus hoyitos y busque su “fundi” cuando tiene sueño.
Amo tu esfuerzo, tu comprensión, tu entrega,
tu dedo en mi nariz,
tu lado de niño.
Te amo.

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